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♡El dios del placer♡ {MEGA HOT} (Larry Stylinson)

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♡El dios del placer♡ {MEGA HOT} (Larry Stylinson)

Mensaje por Tomlison. el Mar Sep 03, 2013 2:23 pm

Capítulo 1.


— Lou, necesitas que alguien te de un buen sexo.
Louis Tomlison se estremeció al escuchar el grito de Niall en mitad del
pequeño Café de Londres, donde se encontraban apurando los restos del
almuerzo, consistente en judías rojas con arroz. Desafortunadamente para él, la
voz de su amigo poseía un encantador timbre agudo que podía hacerse oír incluso
en mitad de un huracán.
Y que en esta ocasión, fue seguido de un repentino silencio en el atestado
local.
Al echar un vistazo a las mesas cercanas, Louis percibió que las personas
dejaban de hablar, y se giraban para observarlas con mucho más interés del que a
ella le gustaría.
¡Jesús! ¿Aprenderá alguna vez Niall a hablar en voz baja? O peor aún,
¿qué será lo próximo que haga, quitarse la ropa y bailar desnuda sobre las mesas?
Otra vez.
Por enésima vez desde que se conocieron, Louis deseaba queNiall
pudiese sentirse avergonzada. Pero su vistosa, y a menudo extravagante, amigo no conocía el significado de dicha palabra.
Se tapó la cara con las manos e hizo lo que pudo por ignorar a los curiosos
mirones. Un deseo irrefrenable de deslizarse bajo la mesa, acompañado de una
urgencia aún mayor de darle una buena patada a Niall, lo consumían.
— ¿Por qué no hablas un poquito más alto? —murmuró—. Supongo
que las personas de Canadá no habrán podido escucharte.
— Oh, no lo sé —dijo un apuesto camarero moreno al detenerse junto a su
mesa—. Seguramente se dirigen hacia aquí mientras hablamos.
Un calor abrasador tomó por asalto las mejillas de Louis ante la diabólica
sonrisa que le dedicó el camarero, obviamente en edad de acudir a la universidad.
— ¿Puedo ofrecerles algo más? —preguntó, y después miró
directamente a Louis—. O para ser más exactos, ¿hay algo que pueda hacer por
usted?
¿Qué tal una bolsa con la que taparme la cabeza y un garrote para golpear a
Niall?
— Creo que ya hemos acabado —contestó Louis con las mejillas ardiendo.
Definitivamente, mataría a Niall por esto—. Sólo necesitamos la cuenta.
— Muy bien, entonces —dijo sacando la nota, y escribiendo algo en la parte
superior del papel. La colocó justo delante de Louis—. Puede hacerme una
llamadita si necesita cualquier cosa.
Una vez el camarero se marchó, Louis se dio cuenta de que había anotado
su nombre y su teléfono en la parte superior del papel.
Niall le echó un vistazo y soltó una carcajada.
— Espera y verás —le dijo Louis, reprimiendo una sonrisa mientras calculaba
el importe de la mitad de la cuenta con su móvil—. Me las pagarás.
Niall ignoró la amenaza y se dedicó a buscar el dinero en su bolsillo.
— Sí, sí. Eso lo dices ahora. Si yo estuviese en tu lugar, marcaría ese
número. Esta muy guapo el chico.
— muy Joven —corrigió Louis—. Y creo que voy a pasar. Lo último que
necesito es que me encierren por corrupción de menores.
Niall paseó la mirada por el preciso lugar donde el camarero esperaba, con
una cadera apoyada en la barra.
— Sí, pero don Soy Igualito a Brad Pitt, que está ahí enfrente, bien lo merece.
Me pregunto si tendrá algún hermano mayor…
— Y yo me pregunto cuánto estaría dispuesto a pagar Zayn por saber que su
marido se ha pasado todo el almuerzo comiéndose con los ojos a un chico.
Niall resopló mientras dejaba el dinero sobre la mesa.
— No me lo estoy comiendo. Lo estoy evaluando para ti. Después de todo,
era de tu vida sexual de lo que hablábamos.
— Bueno, mi vida sexual es sensacional y no le interesa a la gente que nos
rodea. —Y tras soltar el dinero en la mesa, cogió el último trozo de queso y se
encaminó hacia la puerta.
— No te enfades —le dijo Niall mientras salía tras él a la calle, atestada
de turistas y de los clientes habituales de los establecimientos de la plaza comercial.
Las notas de jazz de un solitario saxofón se escuchaban por encima de la
cacofonía de voces, caballos y motores de automóviles; una oleada de calor típico
de Londres en pleno agosto, los recibió al salir a la calle.
Intentado no hacer caso del aire, tan espeso que dificultaba la respiración,
Louis se abrió camino entre la multitud y los tenderetes ambulantes, dispuestos a lo largo de la valla de hierro que rodeaba la plaza
— Sabes que es cierto —le dijo Niall una vez lo alcanzó—. Quiero decir,
¡Dios mío, Lou!, ¿hace cuánto? ¿Dos años?
— Cuatro —contestó ella con aire ausente—. ¿Pero a quién le interesa llevar
la cuenta?
— ¿Cuatro años sin tener relaciones sexuales? —repitió Niall incrédulo.
Varios mirones se detuvieron, curiosos, para observar alternativamente a
Niall y a Louis
Ajeno —como era habitual en el— a la atención que despertaban, Niall
continuó sin detenerse.
— No me digas que tú has olvidado que estamos en plena Era de la
Electrónica. O sea, vamos a ver, ¿alguno de tus pacientes sabe que llevas tanto
tiempo sin tener relaciones?
Louis acabó de tragarse el trozo de queso y le dedicó a su amigo una
desagradable y furiosa mirada. ¿Es que la intención de Niall era la de gritar a todo
pulmón, en plena plaza comercial, sus asuntos personales a todo humano y caballo que pasara por la zona?
—Baja la voz —le dijo, y añadió con sequedad—, no creo que sea de la
incumbencia de mis pacientes si soy o no la reencarnación de la Virgen. Y con
respecto a la Era de la Electrónica, no quiero tener una relación con algo que viene acompañado de una etiqueta con advertencias y unas pilas.
Niall soltó un bufido.
— Sí, vale, oyéndote hablar se diría que la mayoría de los hombres deberían
venir acompañados de una etiqueta con esta advertencia: —alzó las manos para
enmarcar la siguiente afirmación— Atención, por favor, Alerta Psíquica. Yo, machoman, soy propenso a sufrir horribles cambios de humor, y a poner caras largas, y poseo la habilidad de decir la verdad a cualquiera sobre su peso, sin previo aviso.
Louis soltó una carcajada. Había soltado, en innumerables ocasiones, ese discursito sobre las etiquetas que deberían llevar los hombres.
— Ah, ya lo entiendo, Doctor Amor —dijo Niall—. Usted se limita a sentarse y escuchar cómo sus pacientes le largan todos los detalles íntimos de sus encuentros sexuales—bajando la voz, Niall añadió:— No puedo creer que después de todo lo que has escuchado en tus sesiones, nada haya conseguido revolucionar tus hormonas.
Louis le lanzó una mirada divertida.
— Bueno, a ver, soy un sexólogo. No me beneficiaría mucho que mis pacientes se dedicaran a hacerme experimentar la petit mort mientras echan fuera
todos sus problemas. En serio, duendecilla, perdería el título.
— Pues no entiendo cómo puedes aconsejarles, cuando ni siquiera te acercas
a un hombre.
Haciendo una mueca, Louis comenzó a caminar hacia el lado opuesto de la
plaza, justo frente a la Oficina de Información Turística, donde Irene había
instalado su puestecillo para echar las cartas y leer las líneas de las manos.
Cuando llegó al tenderete —una mesa cubierta con una faldilla de color
morado intenso—, suspiró.
— Sabes que no me importaría quedar con un hombre. Pero la mayoría resulta ser una pérdida de tiempo tan evidente que prefiero sentarme en el sofá y leer.
Irene le dedicó una expresión irritada.
— ¿Qué tenía de malo Gerry?
— Mal aliento.
— ¿Y Jamie?
— Le encantaba hurgarse en la nariz. Especialmente durante la cena.
— ¿Tony?
Louis miró a Niall y ésta alzó las manos.
— Vale, quizás tuviera un pequeño problema con lo de las apuestas. Pero es
que todos necesitamos distraernos con algo.
Louis lo miró furioso.
— Eh, Niall, ¿ya has regresado de almorzar? —le preguntó Sunshine desde el puestecillo situado justo al lado del suyo, en el que vendía objetos de loza y dibujos, hechos por ella.
Unos años más joven que ellos, Sunshine tenía una larga melena negra y
siempre llevaba ropas que a Louis le hacían pensar que estaba delante de un hada.
Su vestimenta de hoy consistía en una liviana falda blanca, que hubiese resultado
obscena de no ser por los leotardos rosados que llevaba debajo, y una preciosa
camisa de estilo medieval.
— Sí, ya he vuelto —le contestó Niall mientras se arrodillaba para abrir la
tapa del carrito de la compra que todas las mañanas aseguraba a la verja de hierro con una de esas cadenas que se usan para las bicicletas—. ¿Algo interesante durante mi ausencia?
— Un par de chicos cogieron una de tus tarjetas, y dijeron que regresarían
después de comer.
— Gracias —dijo Niall guardando el monedero en el carro, sacó la caja de
puros azul donde guardaba el dinero y las cartas de tarot —siempre envueltas en un pañuelo de seda negra—, y un delgado, pero gigantesco, libro con tapas de cuero marrón que Louis no había visto nunca.
Niall se colocó su enorme sombrero de paja, se dio la vuelta y se puso en pie.
— ¿Tus artículos tienen los precios marcados? —preguntó a Sunshine.
— Sí —le contestó éste mientras cogía su monedero—. Sigo diciendo que
trae mala suerte; pero al menos, si alguien quiere saber lo que valen cuando no
estoy, puede averiguarlo.
Una motocicleta de aspecto desastroso frenó a cierta distancia.
— ¡Eh, Sunshine! —gritó el conductor—. Mueve el culo. Tengo hambre.
La chica le saludó sin hacer caso a la orden.
— No me agobies o comerás tú sólo —le contestó mientras caminaba sin
prisas hacia él, y se subía a la parte trasera de la moto.
Louis movió la cabeza mientras les observaba. Sunshine necesitaba que
alguien le aconsejara sobre sus citas, mucho más que el. Les siguió con la mirada
mientras pasaban delante del Café du Monde.
— ¡Oh! Un beignet sería un estupendo postre.
— La comida no puede sustituir al sexo —le dijo Niall mientras colocaba las
cartas y el libro sobre la mesa—. ¿No es eso lo que siempre dices…?
— De acuerdo, el punto es tuyo. Pero, Niall, en serio, ¿a qué viene este
repentino interés en mi vida sexual? Mejor dicho, en mi falta de ella.
Niall cogió el libro.
— A que tengo una idea.
El escalofrío que sintió ante las palabras de Niall le llegó hasta los huesos,
y eso que el calor era agobiante. Y el no se asustaba fácilmente. Bueno, a no ser
que su amiga estuviera involucrado con una de sus ideas típicas de “mamá gallina”.
— ¿No será otra sesión de espiritismo?
— No, esto es mejor.
En su interior, Louis se encogió y comenzó a preguntarse qué sería de su
vida en esos momentos si hubiese tenido un compañero de habitación normal el
primer año en Tulane, en lugar de Niall Quiero Ser Un Gitano Travieso. De algo
estaba segura: no estaría discutiendo de su vida sexual en medio de una calle llena de gente.
En ese momento, Louis se fijó en lo diferentes que eran. El soportaba el húmedo
calor con una ligera camisa sin mangas y unos pantalones sueltos, y llevaba el pelo castaño alborotado pero perfectamente peinado a un lado.
La gente siempre se había entrometido en sus diferencias físicas, pero él sabía
que Niall escondía una mente astuta y una gran inseguridad bajo su «exótico»
atuendo. Por dentro, se parecían mucho más de lo que cualquiera podía imaginar.
Excepto en la extraña creencia que Niall había desarrollado por el ocultismo.
Y en su insaciable apetito sexual.
Acercándose a él, Niall dejó el libro en las manos —poco dispuestas a
tomarlo— de Louis y comenzó a pasar hojas. Se las arregló para no dejarlo caer.
Y para no poner los ojos en blanco por la exasperación que lo invadía.
— Encontré esto el otro día, en esa vieja librería que hay junto al Museo de
Cera. Estaba cubierto por una montaña de polvo; intentaba encontrar un libro sobre psicometría cuando de repente vi éste, ¡Voilà! —dijo señalando triunfalmente a la página.
Louis miró el dibujo y se quedó con la boca abierta.
Jamás había visto algo parecido.
El hombre del dibujo era fascinante, y la pintura estaba realizada con
asombroso detalle. Si no fuese por las marcas dejadas en la página al haber sido
impresa, se diría que se trataba de una fotografía actual de alguna antigua estatua
griega.
No, se corrigió a si mismo: de un dios griego. Estaba claro que ningún mortal
podía jamás tener esa pinta tan fantástica.
Gloriosamente desnudo, el tipo exudaba poder, autoridad y una aplastante y
salvaje sexualidad. Aunque su pose pareciera ser casual, daba la sensación de estar contemplando un depredador listo para ponerse en acción en cualquier momento.
Las venas se le marcaban en aquel cuerpo perfecto que prometía poseer una
fuerza inigualable, diseñada específicamente para proporcionar placer a cualquiera.
Con la boca seca, Louis observó los músculos, que tenían las proporciones
adecuadas para su altura y su peso. Contempló la profunda hendedura que
separaba los duros pectorales y bajó hasta el estómago —esculpido con forma de
tableta de chocolate—, que suplicaba ser acariciado.
Y entonces llegó al ombligo.
Y después a…
Bueno, no se les había ocurrido tapar aquello con una hoja. ¿Y por qué deberían haberlo hecho? ¿Quién, en su sano juicio, iba a querer ocultar unos
atributos masculinos tan estupendos? Y siguiendo con aquella línea de
pensamiento, ¿quién necesitaría un artilugio con pilas teniendo aquello en su casa?
Se humedeció los labios y volvió a la cara.
Mientras contemplaba los afilados y apuestos contornos del rostro, y los
labios —con una diabólica sonrisa apenas esbozada—, le asaltó la imagen de una
ligera brisa agitando esos castaños mechones, aclarados por el sol, que se
ensortijaban alrededor del cuello, especialmente diseñado para cubrirlo de húmedos besos. Y de aquellos penetrantes ojos de color verde, mientras alzaba una lanza sobre la cabeza, y gritaba.
El sofocante aire que le rodeaba se estremeció ligeramente de forma
repentina, y le acarició las partes de su cuerpo expuestas a la brisa.
Casi podía escuchar el profundo timbre de la voz del tipo, y sentir cómo
aquellos musculosos brazos lo envolvían y la atraían hacia un pecho duro como una roca, mientras su cálido aliento le rozaba la oreja.
Percibía unas manos fuertes y expertas que vagaban por su cuerpo, y le
proporcionaban un deleite exquisito, mientras buscaban sus más recónditos lugares.
Un escalofrío le recorrió la espalda y el cuerpo comenzó a palpitarle en zonas
donde nunca había pensado que aquello pudiese ocurrir. Sentía un dolor fiero y
exigente que jamás había experimentado.
Parpadeó y volvió a mirar a Niall, para ver si también él se había visto afectado del mismo modo. Pero si así era, no daba señales de ello.
Debía estar alucinando. ¡Exacto! Las especias de las judías le habían llegado
al cerebro y lo habían convertido en papilla.
— ¿Qué opinas de él? —le preguntó Niall, mirándolo por fin a los ojos.
Louis se encogió de hombros, en un esfuerzo por olvidar la hoguera que abrasaba su cuerpo. Pero sus ojos volvieron a demorarse en las perfectas formas del hombre.
— Se parece a un paciente que tuvo cita ayer.
Bueno, no era exactamente cierto… el chico que había estado en su consulta
era medianamente atractivo, pero nada que ver con el hombre del dibujo.
¡Jamás había visto algo así en toda su vida!
— ¿De verdad? —los ojos de Niall adquirieron un matiz oscuro que pronosticaba el comienzo de su sermón sobre las oportunidades de conseguir una cita y la intervención del destino.
— Sí —dijo cortando a Niall antes de que pudiese comenzar a hablar—. Me
dijo que era una lesbiana atrapada en el cuerpo de un hombre.
Niall abrió la boca, mudo de asombro. Cogió el libro, quitándoselo a Louis
de las manos, y lo cerró con fuerza mientras lo miraba furioso.
— Siempre conoces a las personas más extrañas.
Louis alzó una ceja.
— Ni se te ocurra decirlo —dijo Niall mientras ocupaba su sitio habitual tras la mesa. Colocó el libro a su lado—. Te lo advierto; esto —dijo, dando dos golpecitos
al libro— es lo que estás buscando.
Louis miró fijamente a su amigo mientras pensaba en lo absolutamente
convincente que parecía Niall —autoproclamado Señor de la Luna—, sentado tras sus cartas de tarot, con aquella mesa morada, y el misterioso libro bajo
las manos. En ese momento, casi podía creer que Niall era en realidad un
esotérico gitano.
Si creyera en esas cosas.
— Vale —dijo Louis dándose por vencido—. Deja de hablar con rodeos y
dime qué tienen que ver ese libro y ese dibujo con mi vida sexual.
El rostro de Niall adoptó una expresión bastante seria.
— El tipo que te he enseñado… Harry… es un esclavo sexual griego que está
obligado a cumplir los deseos de aquéllas personas que le invoquen, y a adorarla.
Louis se rió con ganas. Sabía que estaba siendo muy maleducado, pero no
pudo evitarlo. ¿Cómo demonios iba creer Niall, un licenciado en historia antigua
y en física, premiado con la beca Rhodes, y con un doctorado en filosofía, en algo
tan ridículo, aun con todas sus excentricidades?
— No te rías. Lo digo en serio.
— Ya lo sé, eso es lo que me hace gracia —se aclaró la garganta y se
serenó—. Vale, ¿qué tengo que hacer?, ¿quitarme la ropa y bailar desnudo en
la calle a medianoche? —un leve intento de sonrisa curvó sus labios, sin
importarle que los ojos de Niall se oscurecieran a modo de aviso—. Tienes razón,
me encargaré de conseguir una buena sesión de sexo, pero no creo que sea con un espléndido esclavo sexual griego.
El libro se cayó de la mesa.
Niall dio un grito, se levantó de un salto y tiró la silla.
Louis jadeó.
— Lo empujaste con el codo, ¿verdad?
Niall negó con la cabeza muy despacio; tenía los ojos abiertos como platos.
— Confiésalo, Niall.
— No fui yo —dijo con una expresión mortalmente seria—. Creo que lo
ofendiste.
Moviendo la cabeza ante aquella necedad, Louis sacó sus gafas de sol y las llaves. Bien, estupendo, esto se parecía a la época de la facultad, cuando
Niall le habló de usar una Ouija, y lo amañó todo para que le dijese que se iba a
casar con un dios griego cuando cumpliera los veintitrés años.
Hasta el día de hoy, Niall se negaba a admitir que había sido él el que
dirigiera el puntero.
Y, en este preciso momento, hacía demasiado calor bajo el implacable sol de
agosto como para discutir.
— Mira, necesito regresar al despacho. Tengo una cita a las dos en punto y
no quiero coger un atasco —le dijo—. ¿Vendrás entonces esta noche?
— No me lo perdería por nada del mundo. Llevaré el vino.
— Bien, te veo a las ocho. —E hizo una larga pausa para añadir:— Dile a Zayn
que hola y que gracias por dejarte visitarme por mi cumpleaños.
Niall lo observó alejarse y sonrió.
— Espera a ver tu regalo —susurró, y recogió el libro del suelo. Pasó la mano
por la suave tapa de cuero repujado, y quitó unas motas de polvo.
Volvió a abrirlo y observó de nuevo el maravilloso dibujo; aquellos ojos habían
sido dibujados con tinta negra, y aun así, daban la impresión de ser de un profundo verde esmeralda.
Por una sola vez su hechizo iba a funcionar. Estaba seguro.
— Te gustará Louis, Harry —murmuró dirigiéndose al hombre mientras
recorría con los dedos su cuerpo perfecto—. Pero debo advertirte algo: acabaría con la paciencia de un santo. Y traspasar sus defensas va a resultar más duro que abrir una brecha en la muralla de Troya. No obstante, si alguien puede ayudarlo, ése eres tú.
Sintió que el libro desprendía una súbita oleada de calor bajo su mano, y supo
instintivamente que era la forma que Harry elegía para darle la razón.
Louis pensaba que estaba loco a causa de sus creencias, pero siendo el séptimo hijo de una séptima hija, y con la sangre gitana que corría por sus venas,
Niall sabía que había ciertas cosas en la vida que desafiaban cualquier explicación. Ciertas corrientes de energía misteriosa que pasaban desapercibidas,
esperando que alguien las canalizara.
Y esa noche habría luna llena.
Devolvió el libro a la seguridad del carrito de la compra y lo cerró con llave.
Estaba seguro que había sido cosa del destino que el libro llegara hasta él. Había
sentido su llamada tan pronto como se acercó a la estantería donde yacía.
Puesto que llevaba dos años felizmente casado, supo que no estaba
destinado a el. Lo usaba para llegar donde lo necesitaban.
Hasta Louis
Su sonrisa se ensanchó. Cómo sería tener a este increíblemente apuesto
esclavo sexual griego a tu disposición y disponer de él durante todo un mes…
Sí. Éste era, definitivamente, un regalo de cumpleaños que Louis recordaría
durante el resto de su vida.

Tomlison.

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Fecha de inscripción : 03/09/2013

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